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martes, 30 de agosto de 2011

ALREDEDOR DE LA MESA

Sentarme a la mesa con mi familia ha sido para mì un acto sagrado, desde que tengo uso de razòn hemos almorzado en familia, costumbre que mis padres nos impusieron a mi hermana y a mi desde que èramos chicas, digo nos impusieron porque literalmente fue asî, y aunque no tuvièramos ganas de sentarnos a la mesa lo tenìamos que hacer y punto.
Ahora que ya no vivo con mis padres extraño sentarme a la mesa en familia, especialmente la sobremesa que era el ùnico momento en el que podìamos conversar sin apuros, y escuchar todas las historias de mi padre, y gracias a esas historias conocì a mi abuelo al que  nunca en mi vida he  visto ni escuchado porque muriò antes de que yo naciera, puedo afirmar que lo conozco perfectamente, que sè de su gusto por los juegos de mesa y las apuestas, de su amor incondicional a la abuela, de su inteligencia privilegiada, de sus triunfos profesionales, de su gusto por la buena comida, de sus entrañables amigos que lo acompañaron siempre, de sus sufrimientos y frustraciones, de las travesuras de su perro bobby, y aunque nunca lo haya visto lo imagino tal como realmente creo que fue.
Mi padre ha sido y es un gran contador de historias y anècdotas, y era durante las sobremesas maravillosas que compartìamos a diario que nos iba relatando cada una de ellas, a mi me encantaba escucharlo y me hacìan gracia las gesticulaciones de su rostro, y aunque ùltimamente, por la edad, repite las mismas historias, a mi me parecen igual de geniales. No me imagino a mi padre callado despuès del almuerzo o levantàndose de la mesa apenas terminada su comida, no recuerdo que lo haya hecho alguna vez, si es que estaba apurado igual contaba alguna historia corta. Y que decir de mi madre, es también una muy buena contadora de historias, no como mi padre, como mi padre nadie que yo conozca, pero allí estaba ella contándonos las peripecias de su padre en la selva, de su estricta manera de conducir su vida y la de sus hijos, de sus constantes viajes en canoa, de sus visitas junto a destacados médicos al leprosorio donde mas de una vez se le encogió el corazón ante tanto sufrimiento, de su amistad con el padre Giner que de tanto lavarse las manos para no contagiarse de la lepra, no solo se contagió  sino que termino muerto mas por la impresión de saberse enfermo  que por la propia enfermedad. 
Si, extraño mucho las sobremesas, esos mágicos momentos del día en el que èramos uno solo en torno a una mesa, en la que cada uno ocupaba siempre la misma silla, nadie se sentaba jamás en la silla del otro, aunque no estuviera en casa  esa silla quedaba vacía. Y a veces, cuando me entra la nostalgia como hoy extraño mi silla, el lugar que ocupaba en esa mesa que ya no es mía, y aunque se que mi silla no la ocupa nadie, me hace pensar que con el transcurrir del tiempo cada uno de nosotros irá dejando su silla desocupada, y un vacío enorme en el corazón de los que le sobreviven. 


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