Tengo cinco años y una tìa que me cuenta un cuento para que me coma toda la comida, siempre el mismo cuento, los tres chanchitos, que de tanto contármelo se convirtió en mi cuento favorito. Extraño a mi tìa, y su gracia para contar cuentos aunque siempre me contara el mismo cuento, pero era tan ingeniosa que a pesar de ser el mismo cada semana me parecía diferente y la escuchaba con la misma atención que la primera vez. Extraño también su paciencia infinita para darme de comer, para llevarme de paseo considerando lo temeraria que era a los cinco años, sus regalos navideños que esperaba todo el año porque sabía que mi tía se esmeraba en esas fechas para hacerme feliz, su voz ronca y chillona que contrastaba con la suave y delicada voz de su madre, que era mi abuela a la que extraño aún màs que a mi tía cuenta cuentos.
Estoy por cumplir quince años y mi padre me dice que mi abuelita està muy grave, mi abuelita papayita, a la que adoraba con locura, justamente por sus locuras, por su extraña manera de ser, solitaria y ausente, como si estuviera siempre fuera de este mundo, ensimismada en sus propios pensamientos, un ser tan impredecible como insensato pero con un toque de lucidez en el momento exacto y preciso. Mi padre me lo dijo de sopetón, sin anestesia, y yo que pensaba que mi abuelita era inmortal me di con la ingrata sorpresa de que era tan humana como cualquiera, y que la muerte era por lo tanto naturalmente posible también en ella.
Soy una adolescente consumada y la conozco una mañana en la que estaban haciendo un censo nacional, me impresionaron su ojos intensos y ese aire despreocupado característico en ella. Pasábamos algunas noches tertuliando mientras ella pintaba algún hermoso cuadro, me encantaban sus caballos de paso, no parecían seres inanimados, todo lo contrario, aparecían ante mis ojos, galopantes al compás del viento. La verdad es que la echo tanto de menos, por sus historias increíbles, por sus audacias que me dejaban con la boca abierta, por ser mi gran amiga considerando la brecha generacional que nos distanciaba pero que a ella nunca pareció importarle ni a mi tampoco.
Estoy en cuarto ciclo de una carrera que nunca me gustó pero que terminé por complacer al resto, estoy desanimada y con muchas ganas de tirar la toalla cuando conocí a Coco. Compartíamos el gusto por el teatro, el cine, las caminatas por el malecón de Barranco y el gusto por los viajes. Mi amiga trotamundos, no sè si quedó algún lugar del planeta que ella no haya visitado, y yo que en esa época era muy joven y quería comerme el mundo, nadie mejor que Coco para asesorarme en tan ambicioso proyecto. No sè que será de su vida, en que lugar estará, solo sè que la extraño a morir.
Es el año 2000, coyuntura política, y en medio del caos la conozco, es ante los ojos del Perú implacable y fuerte, y es para los míos, maternal y cálida. Me conmueve su lealtad y entereza, y esa disciplina que ha sabido mantener a travès de los años. Se hace extrañar como ninguna y hoy màs que ayer.
Nunca he sido de extrañar, eso decía porque realmente lo creía asi, sin embargo, me he dado cuenta que si extraño y mucho.
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