La primera vez que la vi me impresionaron sus maravillosos ojos verdes porque expresaban cierta tristeza, quizà nostalgia del pasado, de un pasado que fui descubriendo con el transcurrir de los años. La recuerdo parada en la puerta de su departamento con un moño hecho a la loca, siempre sus moños fueron hechos a la loca, un pincel en la mano, la ropa manchada de pintura, sus manos temblorosas, respondiendo de mala gana las preguntas que le hacìa una señorita. Teresita parecìa apurada, impaciente, con ganas de cerrarle la puerta en la cara, no lo hizo, pudieron màs sus buenos modales, a los que a veces dejaba de lado porque la verdad nunca le importò lo que la gente pensara de ella ni de sus modales. Yo tenìa unos catorce años, poca verguenza y mucha curiosidad por descubrir lo que habìa detràs de esa puerta a medio abrir, sin embargo, algo de temor me daban esos maravillosos ojos verde que parecìan tristes, enigmàticos, como si tuvieran una larga historia que quisieran contar. De pronto escuchè a la señorita despedirse amablemente mientras Teresita hacìa un gesto forzado con los labios intentando un sonrisa fallida mientras la mujer desaparecìa por los largos pasillos del edificio, me dio risa la escena, a Teresita tambièn, y de pronto nos encontramos las dos rièndonos juntas en la sala de su departamento. Colgados en las paredes muchos cuadros, algunas fotografias, un ambiente alegre que contrastaba con sus ojos coloridos pero tristes, y allì en medio de ese carnaval bohemio estaba yo, con mis catorce años recièn cumplidos jugando a ser grande, sintièndome libre, escuchando sus historias contadas con tanta gracia porque ella era asi, graciosa y elegante, aunque se vistiera con esos horribles pantalones de franela desteñida y su tìpico moño hecho a la loca, lucía elegante porque a ella la elegancia se le salìa por los poros, no necesitaba ni una pizca de maquillaje para verse hermosa, ni lucir trapos caros para brillar ni para cautivar. Teresita, parecìa estar siempre en otro mundo, con la mirada puesta en el horizonte, en ese horizonte que tantas tardes observaba desde la cubierta del barco que la sacò de España para llevarla por el mundo cuando su padre aùn la llamaba cariñosamente Nena. Asi llegò al Perù, despuès de algunas peripecias y despuès de haber besado algunos sapos. Llegò para quedarse porque ella así lo decidió. Era pasional y esa misma pasiòn que ponìa en cada uno de sus cuadros la condujo hacìa èl, su maestro, y por èl se quedò, por los caballos de paso, por la playa, y porque ya no querìa ser de nuevo una niña de la guerra. Y ahora que ya no està la sigo recordando tal y como la vi la primera vez, con ese aire despreocupado, con las manos manchadas de pintura, diciendo unas cuantas groserìas mientras me contaba sus historias, caminando por la calle con direcciòn a la nada, mirando el suelo como si buscara algo, y aunque es inevitable que no me sienta triste cuando pienso en ella, al mismo tiempo puedo sonreir recordando sus locuras y sus ganas constantes de reirse de ella misma. Teresita pintò lo que le dio la gana, amò sin discreciòn, escribiò un libro y creo que finalmente fue feliz.
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