Si algo me maravilla de Ana Lu es su espontanea forma de acercarse a la gente, aùn camina como borrachita, tambaleàndose de un lado a otro, pero ese pequeño gran detalle no es impedimento para que ella cual iman atraiga a las personas. Quizà sea por su natural sonrisa o por la forma graciosa que levanta la mano para saludar, o por su grito profundo, ese que a veces suena como un pito agudo, delicado pero contundente. Ana Lu suele atraer las miradas de todos aquellos que se cruzan por su camino, consigue sin gran esfuerzo convertirse en el centro de atenciòn, desde ya tiene pasta de comunicadora, de contadora de cuentos, de payasita de circo, de cantante de opera o de zarzuela, con esa voz que de repente se convierte en grito, se eleva y luego baja para situarse en el decibel preciso, como si lo hiciera a propòsito, como si supiera como hacerlo, será que lo adivina, lo intuye, y cuando siente que la voz se le escapa demasiado la guarda porque en el fondo de su inconciencia sabe que es solo suya, no mìa, por eso la dejo gritar, expulsar sus alaridos que parecen aprendidos, pero no lo son, la dejo ser como quiere ser aunque realmente aùn no sepa como es. Su grito lo expresa todo porque le sale de adentro, de lo màs profundo de su inconsciencia, es parte de su imàn como lo son tambièn sus ojos razgados que la asemejan a un dibujo animado, o como lo es su sonrisa cautivante. Asi es mi Ana Lu, ahora convertida en un imàn que no solo atrae miradas, que va, ella atrae mucho màs que eso porque ella es mucho màs de lo que alguna vez siquiera imaginè
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