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martes, 23 de noviembre de 2010

ALGO SE ME ESCAPA DE LAS MANOS

Ella me mira desafiante, no llega al metro de estatura y ya me mira como diciéndome la que manda aqui soy yo. Desde que fue concebida y yo era una mujer relativamente cuerda que brincaba como desquiciada en las clases de aerobicos en el gimnasio, ella ya me tenìa totalmente sometida a sus caprichos y  a los de la naturaleza que se habìa convertido en su aliada, y entre las dos me mandaron unos cuantos meses a la clìnica para ver si algùn doctor conseguìa que dejara de vomitar. Desde que era un punto apenas perceptible en mi utero casi menopaùsico me hizo saber que lidiar con ella no serìa de ninguna manera fàcil. Y mientras ella se hacìa cada dìa màs grande dentro de mì, yo me volvìa cada dìa màs fràgil, mientras ella se fortalecìa yo me debilitaba, pero ella no se rendìa a pesar de que yo estaba a punto de tirar la toalla. Era tan solo  del tamaño de un manì, al que solo escuchaba de vez en cuando a travès de una màquina, cuando me internaron por tercera vez en la clìnica por tiempo indeterminado, era ya imposible que me quedara en casa, la situaciòn se me escapaba de las manos, ya no podìa manejar mi vida, ella lo hacìa por mì y aunque yo me rebelaba contra esa situaciòn, no habìa mucho que pudiera hacer, mi suerte estaba en las manos no solo de mi doctora sino de unos cuantos mèdicos màs. Ella, desde que media apenas diez milimetros  se hizo sentir, congregaba a toda clase de doctores, desde ginecòlogos hasta mèdicos internistas pasando por los gastroenteròlogos  mientras yo no querìa ver a ninguno de ellos y que ninguno de ellos me viera. Pero me veìan a diario no solo  los doctores sino tambièn  las enfermeras.  Era su forma de hacerse notar de gritarle a los cuatro vientos aqui estoy aunque sea del tamaño de un manì. Pero ese mani fue creciendo hasta convertirse en una hermosa bebe de casi tres kilos que vio la luz el dìa de la primavera, y yo no vi nada a consecuencia de mi hemoglobina en seis.  Asi quedè despuès de la cesarea, no podìa ser de otra manera, hasta el ùltimo momento me la puso difìcil, y yo, totalmente destruida ya no tenìa   fuerzas ni para lamentarme, sin embargo era feliz. Despuès de nueve meses mi Ana Lucia ya me habìa convencido de que ella serìa eternamente la dueña de mi vida.

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